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POEMA

CANTO A LA CIUDAD RECIEN LLEGADA

Sólo la espuma cortejando el viento,

el silvido y el viaje que se unen,

sólo el sol anudando los desiertos

únicamente el sueño en los azules.

En el primer instante del silencio

Donde la voz callada se consume

Sólo la sombra en el terrón mordiendo

únicamente el rostro de las nubes.

 

No hay estrellas contándose el reflejo

ni el bostezo cayendo en las arenas

no hay la señal del agua en la mañana

ni el minúsculo gesto que se queda.

Antes del canto que embarcó en los mares

entre el latir de la palabra nueva

la llanura se sienta a comtemplarse

y a guardar soledades en la grietas.

Antes tal vez frente al espejo limpio

en que las alas del clamor navegan

vivieron las esperas entre aullidos

y pisaron la luz remotas huellas.

Transitaron fantasmas alocados

con mantos santiguados por las fieras

y la llanura se arrulló en sus brazos

palpitando los  pasos de la tierra.

 

Debajo estaba el mar anticipado

lavándole los gritos a las almas

prendiéndole las noches al velero

brindándole la orilla a alguna barca.

Mar que salió mil veces a tu encuentro

a calzar los pies limpios de tu andanza

mar que te abrió las voces en el viento

agua azul que nadó en Carirubana.

 

Juana Acosta cuidó la brisa herida

que cansaba al cardón en agonías

y con barro soñado en dedos náufragos

le dio albergue a la sangre peregrina.

Buscó aliento en los cielos para el hambre.

Le inventó los altares a la vida

y a Tertuliano en el momento arisco

le entregó los presagios de la brisa.

 

Una tarde en que el mundo se inmolaba

entre las sombras y el azul perdido

brotaron las humanas marejadas

y llovieron aceite en tu sol indio.

Sobre caballos de motores locos

con estandartes de metal altivo

tu llanura sintió que las veredas

sangraban la presencia del camino

Con un Yagua amarrando a la inocencia

y con la tempestad atarrayada

eras prisa de pronto en el reposo

y quietud en las voces quebrantadas.

De la mano del viento te traían

la noche en el amor atormentada

y la ebriedad del mar amanecido

te envolvía en profunda serenata.

 

Y una vez que Juan Griego fue más Griego

y más  Juan en el mar de las bonanzas

lanzó al canto los sueños de un marino

que la virtud del mar llamó Don Rafa.

Le entregó los pañales en la orilla

le encargó una ciudad que navegara

con un cielo de nubes andariegas

y con un punto fijo en la esperanza.

 

De allí con sus manos encendidas

por las estrellas que el camino araban

buscó más luz en tu escondido rostro

y encontró luz en tu despierta calma.

Un manto de cartillas aprendidas

cubrió su ascenso de pastor de casas

y una bandera cobijó sus manos

y su tránsito limpio las campanas .

 

Y frente al hombre que regó siluetas

en la apretada vocación de tierras

se izaron las mantillas españolas

y el recuerdo italiano volvió a Génova

y Portugal en la humildad del gesto

con su madeira tejedora y fresca

se sentó a contemplar tu vuelo intenso

envuelto entre las sedas libanesas.

Bienvenida a mi canto tu semblanza

tu esencia que en mi costa se fatiga

tu cabello de azul interrumpido

tus manos en mi herencia compartidas.

Bienvenida llanura de los vientos

la aldea de tu infancia te bendiga

bienvenida ciudad recién llegada

proclamada ciudad sed bienvenida.

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