POEMAS MÁS CONOCIDOS

Canto a Bolívar

Mañana es Septiembre

Vuelto Ebrio

Creyones

Si La Tierra, Tierra Fuera

 

 

 

CON LETRA DE IMPRENTA

El Ocaso del Petróleo

 

PERIODISMO Y NARRATIVA
La mañana no se ha despedazado por completo y una manguera enrollada, que a lo mejor quizo ser alguna vez reptil verdosamente estirado, desperdicia su pretensión entre las manos de José de Jesús. Es parte del ritual que, desde hace un par de años, retrata su presencia de chanclas desahogadas y de bermudas que agrandan sus ruedos en torno de unas rótulas llenas de cicatrices. " Para esto quedamos, para poner a orinar culebras plásticas". Un montoncito apretado de nardos corteja una de sus manos callosas y al subirla hasta donde la cara es una colección de tiempos remotos, toca los anteojos gruesos que pareciera que buscaran los más tímidos colores.

¿ De manera que todo comenzó hace más de medio siglo?

La tierra, esa vez, sí que merecía llamarse tierra, porque el viento la desenterraba y la iba metiendo en sus narices y en la boca estornudada. La Shell estaba montando su primitiva refinería y el petróleo se exhibía como un salvoconducto para la esperanza. Tenía dieciocho años cuando eso; una libreta militar adulterada, ganas de casarse y conocimientos ligeros de regla de tres compuesta, así como de algunos contratiempos que le causaba la conjugación del verbo caber. " Todo era un alboroto. Las cornetas en la madrugada, la preparación incesante de las viandas y la grisapa dentro del autobús amarillo y negro".

¿ Está algo así como triste, José de Jesús?

El Cheche que anduvo siempre armado con un taco de billar, estaba sometido ahora a la entrada y salida a la panadería y a los linimentos musculares. No era ése su ámbito, eso de ir a hacer cola en el Seguro Social y morderse rabiosamente los deseos. "Ese que está aquí, en la foto de la ficha, sí es Cheche, sin triglicéridos, esperando que suene el pito de salida de la compañía para llegarse hasta el botiquín de María La Tuerta".

Amigo Cheche, ¿se toma una polarcita?

La negativa la da un hipotensor debajo de la lengua. Un prensacorbata con el logo de una concha de mar, preside el diminuto museo de su larga vida de operador de plantas. Una vena azulosamente desinflada intenta descolgársele del cuello, mientras un vaso de Zulia tímidamente diseñado, se va llenando de ausencias. Cheche deja caer sus pasos con desánimo y se sirve rápidamente una cucharada de jarabe para la tos. Al lado del frasco una fotografía lo viste de flux oscuro y corbata de nudo torcido. "Fueron muchos los años. Ahora lo que me toca es regar con esta manguera, para que nazca nada".


CON LETRA DE IMPRENTA

Luz en el Páramo

PERIODISMO Y NARRATIVA
Luz Caraballo no es estatua ni verso corrido, es gente. Todavía cruza la cordillera y cuando el frío le encoge la piel, aprieta los dientes como para que la respiración se le caliente en el paladar. Los pies andan buscando un pedazo de asfalto del más negro y en los ojos carga remarcada la ruana con que el más niño de los niños del páramo recubre, sin lograrlo, su miseria no remendada. Algunos piensan que su ruta única es la poética, de Chachopo a Apartaderos, "pero yo no lo pienso, porque yo nunca he sabido lo que es pensar".

- ¿Caminas todos los días con todas sus noches?

- Yo ando, más nada. Yo no sé de mundo.

Dicen las lenguas congestionadas por el seseo, que Luz Caraballo es la única herencia verdadera de los cuicas. Lo demuestran apuntando con el dedo largo hacia su nariz abombada y lo discuten con unos documentos como respaldo, que fueron encontrados en un cementerio perdido entre los frailejones.

- ¿Te sientes india, Luz Caraballo?

- ¿Luz qué?, ¿Caraballo qué?

El camisón es largo y aventajado a medida que va rozándole los tobillos. Los verdes que la amparan como que decidieron no parecerse unos a otros. Verde limón es la hoja que ahora le cubre los labios, verde montaña el espaldar de la naturaleza misma, verde agua la lama que navega en el charco casi congelado. Verde esperanza, ninguno.

- ¿Puedes detenerte un ratico más?

- Ando muy apurada, porque dentro de poco se desatarán los perros de Mucuchíes.

Cuando el pañuelote desgarrado domina los límites de la ventisca, nos damos cuenta que Luz Caraballo puede abandonar su aparente tamaño pequeño. Las cejas rebuscan un acomodo espontáneo en su frente desprovista de tostaduras de sol y con las uñas desordenadamente cortadas, rasguña el silencio de la tarde. "Mejor es que siga caminando lo más rápido que pueda, porque tengo que dejarle libre el camino a los duendes que ya deben estar llegando de Boconó".

- ¿De qué tamaño son los duendes?

- Son grandotes, son del tamaño de Dios.

Ya Luz Caraballo se metió totalmente hacia dentro de ella misma. La decisión de no querer seguir escuchando, lo manifiesta con un revoloteo de cuerpo completo. La caída del sol la desnuda íntegramente hasta convertirla en una silueta repleta de sombras. Provoca remecerla para que despierte entre un nuevo discurso.

- Luz Caraballo, ¿cuántos deditos tienes en las manos y en los pies?

La noche la ha borrado completamente. Debe habérsela tragado su respuesta firme. Hace frío. Luz Caraballo, entre Chachopo y Apartaderos, vuelve a ser estatua y verso corrido.

Volver<<