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Mar Amarillo

PROSA
Dicen, menos los que todavía duermen en la orilla del mar, que ese mar se puso amarillo, el febrero en que la Candelaria se llenó de tantos fuegos, que decidió lanzarse con manto y todo a aquella convención de azules. La Virgen, que había quemado su mirada entre los velones de la noche venteada, comenzó a enjuagarse su cuerpo completo y las lenguas de las llamas fueron tostando la piel del mar de los jureles.

Nunca más la Candelaria volvió a sumergirse en el mar, -vuelven a decirlo- ni siquiera cuando los pescadores le pusieron flores de cayena reseca en sus pies navegantes, ni cuando se convertía en lan­cha multiplicada, para recibir el repicar de las olas y la veneración de las atarrayas frente a su cielo.

El mar amarillo, cuentan otros custodios de los atardeceres de Punta Cardón, se puso así, porque el sol molió su despertar y aquel día los antiguos altares se refugiaron en sus brazos, para que no se los llevaran los huracanes de voces oscuras. 

El único que dice que el mar se puso amarillo, cuando la corona de la Candelaria descendió de los cielos, es Faustino. Faustino es un caminante que nunca detiene sus pasos, sino en el instante en que los arrullos del viento empiezan a silbarlo y a llamarlo por su nombre. El carga una camisa remendada por el tiempo y unos pies calzados por lo interminable de la fatiga. 

Ahora, lo comenta Elodia frente al vaiven de las lisas, es la Candelaria la que se llenó de amarillos, porque el amanecer le construyó un altar igualito al de Dios.

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